La abdicación de la reina de Holanda la semana pasada ha abierto el debate social y político acerca de la pervivencia de nuestro modelo de Estado. Y es que, tras los numerosos escándalos que han salpicado a la Casa Real, cada vez son más personas las que se preguntan si es hora de un cambio también para España.
Es evidente que el caso Urdangarín, el accidente de Froilán y la caída de Don Juan Carlos durante su safari en Botsuana, son muestras claras de un desgaste profundo de esta institución que, años atrás, se ganó el respeto y confianza de una nación. Fue durante la época de la Transición Española, en la que la figura del monarca fue esencial para la garantía y el orden de España y es, fundamentalmente por ello, por lo que el papel de jefe de Estado permanece vigente a pesar de su función meramente representativa en la actualidad.
Sin embargo, nos encontramos en un momento difícil de crisis donde las sensibilidades están a flor de piel y los últimos acontecimientos protagonizados por la Casa Real no hacen más que desprestigiar su imagen. Es innegable que la monarquía se desmorona por sí sola, y España pide un cambio en la forma de gobierno que devuelva la confianza y la credibilidad en las instituciones que la representan.
El futuro del príncipe Felipe está en entredicho, pero lo que es irrefutable es la necesidad de avanzar hacia la institucionalización y transparencia económica de todos los poderes del Estado para fortalecer la democracia.
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