La crisis no parece dejar indiferente a nadie, y es que, la Iglesia católica también ha sufrido estragos recientes de desgaste en la Institución. Este fue uno de los principales motivos por los cuales, ante la sorpresa de todos, el anterior papa Benedicto XVI decidió renunciar a su cargo para dar paso a una figura nueva que reflejara un cambio de imagen del Vaticano y que acabara con las corrupciones y luchas internas por el poder que envuelven a la Institución.
Tras gran expectación, la nueva figura elegida para el cargo la encarnó el argentino Jorge Mario Bergoglio, que inspirándose en San Francisco de Asís (el hombre de la pobreza y de la paz) eligió el nombre de Francisco para ser nombrado papa.
La preocupación por la orientación que tomará el sucesor de Benedicto XVI es crucial para este intento por renovar la Iglesia y poder así ejercer una verdadera influencia en todos los temas actuales que están surgiendo.
El Sumo Pontífice se caracteriza, no obstante, por ser un papa progresista en lo social y conservador en la doctrina, muy austero y simple en cuanto a gustos y costumbres y el primero perteneciente a la Compañía de Jesús (orden religiosa de la Iglesia católica destacada por su carácter reformista dentro del resto de órdenes) de sus antecesores.
Este intento de cambio que intentó mostrar el papa Francisco desde el primer momento que apareció asomado desde el balcón del Vaticano, bien sea por su vestuario bien por su cercanía a los fieles, es la de devolver a la Institución aires renovadores que limpien a esta Santa Casa de los escándalos que últimamente le han salpicado.
Aunque la intención parece buena, lo cierto es que a Francisco I, le queda aún mucha tarea por delante para reformar la Institución.